Guerreros shuar (jíbaros) con lanzas en la selva amazónica, ilustración

Jíbaros

Guerreros de la selva

El pueblo jíbaro, que se llama a sí mismo shuar, habita la parte occidental de la cuenca amazónica, en la frontera entre Ecuador y Perú, en los valles de los ríos Pastaza, Morona y Santiago. Se calcula que solo del lado peruano de la frontera viven unos 30.000 miembros de este pueblo, que hoy se dedican sobre todo a la agricultura, la caza, la pesca y la recolección de frutos del bosque.

Guerreros shuar con lanzas en la selva
Guerreros shuar

En el pasado, los shuar fueron un pueblo marcadamente guerrero, y los conflictos y las venganzas entre linajes moldearon en gran medida la vida de la comunidad. Creían que el enemigo muerto adquiría un alma poderosa y vengativa, y que la única manera de neutralizarla era que el vencedor se hiciera con la cabeza del vencido, la despellejara y la convirtiera en una tsantsa, una cabeza reducida que después se enterraba o se arrojaba al bosque, con lo que, según la creencia, también el alma quedaba liberada.

Hasta hoy se conservan las grandes casas comunales de madera, bejucos y hojas, en las que pueden vivir unos cuarenta miembros de una familia extensa; la sociedad es polígama. Son conocidos también por una bebida alcohólica especial que preparan las mujeres masticando raíz de yuca: las enzimas de la saliva ponen en marcha la fermentación del líquido escupido, que así se vuelve ligeramente alcohólico. Para cazar siguen usando cerbatanas con dardos impregnados de un potente veneno vegetal, y con las plumas de las aves cazadas elaboran llamativos adornos y tocados.

La tsantsa, la cabeza reducida

Tsantsa, cabeza humana reducida del pueblo shuar
Tsantsa, una cabeza reducida preparada ritualmente

El procedimiento para hacer una tsantsa era largo y estaba cuidadosamente pensado. Primero se separaba del cráneo la piel de la cabeza junto con el cabello, y después se secaba con humo y con piedrecillas o arena calientes que se introducían y se movían dentro de la piel, hasta que la cabeza se reducía a un tamaño mucho menor que un puño, mientras que el cabello, que conservaba su largo, acentuaba aún más su aspecto aterrador. Según la tradición, el poder mágico de la tsantsa dependía también del largo ayuno al que se sometía después el guerrero que la poseía.

Los etnólogos sitúan esta costumbre dentro de una familia más amplia de rituales guerreros ligados a la cabeza y el cabello del enemigo vencido: un simbolismo parecido, en la forma mucho más sencilla de arrancar la cabellera, lo conoce también la tradición del escalpe entre los indios de Norteamérica, donde el cabello se consideraba igualmente la sede de la fuerza vital de cada persona.