El reino Chimú (o Chimor) se desarrolló en la costa norte del Perú aproximadamente entre los siglos XIII y XV d. C., en un territorio de unos 40.000 kilómetros cuadrados: desde el valle del río Moche en el norte hasta los ríos Zarumilla y Chancay en el sur. Al final de su existencia cayó bajo el dominio de los incas, durante el reinado de Pachacútec, y en la segunda mitad del siglo XV fue anexionado al Tahuantinsuyo. La mayor parte de lo que hoy sabemos sobre el origen y la caída de este Estado procede de los escritos de los conquistadores españoles, que recogieron de la población local las tradiciones y los mitos sobre él.
Según el testimonio del sacerdote y cronista español del siglo XVII Antonio de la Calancha, el lugar central en la religión de los chimúes lo ocupaba la Luna, venerada por encima del Sol precisamente porque, a diferencia de él, es visible de día y de noche. Se creía que la Luna gobernaba la naturaleza (el crecimiento de las plantas, las mareas, la llegada del alba y los truenos), y sus eclipses se celebraban como momentos de victoria en su eterna lucha cósmica; si, por el contrario, alguna noche no aparecía en el cielo, se pensaba que estaba ocupada castigando a los pecadores en el más allá.
Como los chimúes, al igual que la cultura Moche, vecina y más antigua, de la que heredaron también el sistema de riego, eran un pueblo costero, se supone que también el culto a la Luna lo heredaron de los moche, mientras que las culturas andinas del interior, como Tiahuanaco, rendían más bien culto al Sol. Además de la Luna, los chimúes veneraban el mar (Ni), fuente de vida al que se ofrecían dones, así como ciertas estrellas y el culto al propio gobernante; el símbolo religioso más extendido era la serpiente, asociada en todo el continente americano con la fertilidad. Los difuntos, sobre todo los gobernantes, se enterraban con ricas ofrendas (comida, armas y objetos), y a veces con alguna de sus mujeres, con niños y con sus animales domésticos.
Los chimúes eran excepcionales orfebres, y su característica cerámica negra, hecha en moldes, sigue siendo muy apreciada hoy. La economía se apoyaba en un desarrollado sistema de riego, heredado de los moche, con el que regaban cultivos de ají, calabaza, frijol, maíz, maní, camote y yuca, además de diversas frutas. Pescaban, también con técnicas tomadas de los moche, desde balsas (con redes) y desde barcas (con anzuelo), y las representaciones de su cerámica muestran otra habilidad insólita: el adiestramiento de cormoranes que pescaban para ellos.
Chan Chan, la ciudad de barro
Los chimúes descienden de varias comunidades más pequeñas que habitaban la zona de Chan Chan y que, al unirse, se convirtieron en un poderoso Estado de los Andes centrales. Sobre la fundación de la dinastía real habla la leyenda del héroe semimítico Taycanamo, parecido a Manco Cápac entre los incas, que habría llegado al valle de Moche en una balsa, como enviado de un poderoso señor del otro lado del mar, trayendo consigo un polvo de oro mágico. Levantó un palacio, y hacia el año 1300 los lugareños lo hicieron su jefe.
Los hallazgos arqueológicos muestran que en el lugar de Chan Chan existía un asentamiento ya hacia el año 800, pero la ciudad alcanzó todo su esplendor solo con la llegada de Taycanamo y de su dinastía, que, contándolo a él, tuvo diez gobernantes. El reino llegó a la cumbre de su poder a mediados del siglo XV, bajo el último de ellos, Minchancaman, cuando se extendía a lo largo de la costa del Pacífico unos 960 kilómetros, y la propia Chan Chan, con unos 20 kilómetros cuadrados de superficie y cerca de 40.000 habitantes, era incluso mayor que Cusco.
En el corazón mismo de la ciudad había diez grandes recintos amurallados; se supone que cada uno de los diez gobernantes de la dinastía levantó el suyo, adosándolo al de su predecesor. En vida, estos espacios servían de palacios reales, y tras la muerte del gobernante se convertían en su santuario, mientras su sucesor levantaba un recinto nuevo para sí. En uno de los montículos, los arqueólogos descubrieron los restos de un centenar de mujeres jóvenes que, según se supone, fueron sacrificadas en el entierro del gobernante.
El final llegó con el avance de los incas: Minchancaman opuso poca resistencia, y el reino Chimú fue derrotado y anexionado a un imperio en imparable expansión. Según la práctica habitual de los incas con los pueblos sometidos, los nuevos señores actuaron con relativa benevolencia: nombraron gobernador del reino vencido a Chumun Caur, hijo del último soberano chimú. Aun así, entre 1485 y 1490 la unidad del antiguo reino quedó rota por completo, y los incas se apropiaron sin más de muchos logros de la cultura Chimú, desde la artesanía hasta el sistema de riego; unas décadas después, el propio imperio inca sufriría la misma derrota, esta vez a manos de los conquistadores españoles. Chan Chan sigue considerándose hoy una de las mayores ciudades de adobe jamás construidas, y sus ruinas dan testimonio de la antigua grandeza del reino Chimú.







